GABO EN MIS VIVENCIAS

Manuel López Oliva artista consagrado de la plástica cubana, comparte con nosotros momentos vividos con el Premio Nobel  de Literatura, Gabriel García Márquez "Gabo".

Uno de los libros que marcan la ideología cultural y el imaginario de mi generación fue, sin dudas, Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Aquel volumen en amarillo de la colección de literatura de Casa de las Américas andaba con muchos de nosotros por doquier, lo comentábamos, servía para los diálogos anticipatorios de la comunicación amorosa de una pareja aún no estrenada como tal, y era casi “brújula” para quienes veíamos el trenzado de realidad y fantasía, descripción veraz y maravilla, historia y peripecia insólita, como una meta de la expresión artística y la escritura narrativa. Decir Aureliano Buendía era como hablar de un familiar que nos trascendía en tiempo y que nos entregaba un caleidoscopio vital para pensarlo y disfrutarlo. Úrsula podía configurarse de súbito como aparición normal en cualquiera de las mujeres que transitaban delante de la mirada. Más que personajes arrancados a la memoria pueblerina heredada, constituían entes que habitaban en todos los entornos del Subdesarrollo donde también nos movemos. El placer de haber penetrado en esa obra cardinal del “Boom” novelístico nuestro-americano, de lograr comprender cómo ahí la prosa periodística logró proyectarse en calidad de texto de ficción, de advertir en su autor un modo peculiar de conexión con las causas descolonizadoras y justicieras, nos remitió pronto a tratar de conseguir otros de sus libros.

En 1976 tuve la posibilidad de viajar a Colombia al frente de una exposición de plástica cubana que se instaló en el caleño Museo La Tertulia, y estar allí buen número de meses, insertado en el contexto cultural correspondiente. Entonces no sólo comprendí mejor las claves identitarias del García Márquez descubierto en los 60s, sino que pude conocer sus narraciones cortas y leí semanalmente sus crónicas en *El Espectador *de Bogotá, donde él era firma frecuente; y hasta publiqué algunos artículos de crítica de arte en ese periódico, que por ser de temática cultural, a veces aparecían en la misma página donde publicaba el Gabo. *Cien años de soledad *me indujo a penetrar la geografía fabulosa de esa nación suramericana, visitar “”El Paraíso” descrito por Jorge Isaacs en su romántica novela *María*, e igualmente ir acompañado de un antropólogo y una joven arquitecta al muy típico Aracataca para palpar, en el paisaje de sus calles y viviendas o en cada objeto y habitante, el sentido germinativo de las visiones del escritor que ha fallecido. Fueron diversas las anécdotas que escuché de él en aquel espacio natal, e igualmente en Bogotá, Barranquilla y El Valle del Cauca, donde escritores, grabadores, pintores, escultores y gentes de muchas profesiones — y hasta un músico costeño de vallenatos que me reveló la pasión del escritor por ese género regional- retrataban su manera amistosa y natural de comportarse con todos.

Años después la vida me llevó a Suecia con el propósito de colaborar en la conformación de una galería de arte del Caribe y América Latina (radicada en su capital llena de lagos) que bautizamos con el nombre de “Macondo”. Allí conocí la repercusión europea de lo “real-maravilloso” y muy concretamente la de la obra de Gabriel; y pude ver que la entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabo había sido bien entendida por la   mayoría de los suecos de letras y de arte. El atuendo del criollo auténtico que usó en la ceremonia donde se le entregó ese alto reconocimiento, constituyó un suceso sorprendente y acaso “mágico”, que evidenciaba su personalidad complacida de ser de donde era, y que lo mostraba como quien levantaba simbólicamente la autoconciencia colombiana y latinoamericanista a modo de “espada de triunfo”.

Ya en los ochentas, en La Habana, hablé en varias ocasiones con el laureado escritor: cuando éste asistía a las charlas abiertas de Eusebio Leal en la Plaza de Armas y el Museo de la Ciudad, al coincidir ambos en un sitio tan apreciado por él como era la Casa de las Américas, en alguno de las actividades que armaban la celebración de los primeros festivales habaneros del Cine Latinoamericano(que tanto le interesaba empujar), y la vez que estuvo en la sede del Fondo Cubano de Bienes Culturales, donde yo funcionaba como Asesor, deseoso de apreciar obras plásticas de Cuba — básicamente de los modernos-; y quedó impactado por la dinámica multiplicadora de la creación visual que tenía el recién nacido Taller de Serigrafía “René Portocarrero”. Tres temas reaparecían en nuestras cortas conversaciones: aquella impensada coincidencia de nuestros textos en *EL Espectador*, las razones esenciales de su resuelta reformulación estética de lo colombiano autóctono dentro de un código literario universal, además del gusto suyo por lo poético, popular, y a la vez sumamente culto de la pintura y la gráfica de todos las épocas.

La última vez que lo vi ya no estaba yo cerca de él. Habrá sido hace seis o siete años atrás (¿?), cuando todavía tenía mi taller de producción artística en un viejo inmueble de la entrada a la Plaza de la Catedral, en Mercaderes 2 esquina a Empedrado. Desde el balcón que me servía para descansar la pupila al pintar, en apartamento del entresuelo sumamente deteriorado, lo vi llegar una tarde: Gabo salió de un auto oscuro, ya con evidentes dificultades para caminar, y comenzó a desplazarse lentamente –junto a mi amiga Alquimia Peña– hacia la zona restaurada del Casco Histórico de la capital, que -una vez me dijo- le recordaba a Cartagena de Indias, aunque -precisó- con “otro embrujo” y “una atmósfera de épica diaria y de cruda hechura de la justicia….”

La Habana / Tarde del 17 de Abril de 2014

Manuel López Oliva