Las bordadoras del espanto.

Cuando cierra el teatro, o antes de abrir, muchos son los movimientos que las cortinas nos vedan. ¿Qué hacen detrás del proscenio las hijas de la noche: las bailadoras de couplet, las cabareteras de Toulousse, las bailarinas de Degas, las brujas de Macbeth, las bañistas de Ingres, las ninfeas de Monet? –parece preguntarse, sin descanso, el ojo ávido de Vladimir León Sagols, alzando el hojaldre de los cortinajes, como se rasga una sayuela. Tras la tramoya, detrás del paraván, ellas tal vez se echen un momento a descansar: negligentemente se reclinen para tomar aliento o se incorporen, zalameras, mientras se ponen o se quitan las medias; o tal vez se dejen ver, con la entrepierna, jirones de pantaletas de dudosa factura, y dudosa limpieza. Así cada Eva, con su lencería prehistórica siempre deseable –y siempre a prueba del carbono 14–, como acabadas de crear. Como si Dios recién hubiera cerrado la carne en su lugar, y ellas se permitieran susurrar arrellanadas: “Mientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olor (Cantares 1:12).
De hecho, el olor del nardo parece expandirse todavía cuando nos detenemos antes estos lienzos coloreados de negro. El temblor del nardo se hace perceptible cuando enfrentamos la marea del acrílico rojo, que se derrama por unos labios cuarteados –demasiado parecido a la sangre. Una vez que fui joven, ideé un espectáculo en el que yo menstruaría y mi novio, mojando sus pinceles en mí, haría acuarelas a petición del público. Si no supiera que Vladimir añora pintar del natural, mientras la mar de las veces repasa flamantes revistas de moda y del corazón –que paradójicamente convierte en estos enardecidos horrores–, si no hubiera visto los tubos de acrílico de los que salió esa sangre… apostaría a que el rojo de los lienzos proviene de sucesivas vaginas.
Uno de los encantos de la pintura de Vladimir es precisamente su fuerte apariencia de realidad, al tiempo que de fantasmagoría absurda. Ese hiperrealismo te puede hacer creer, cuando contemplas la obra fotografiada, que estás no ya ante una sino ante un palimpsesto de fotos: un tenebroso despliegue tecnológico que te introduce en un pasadizo de locura, pues superpone diversas instantáneas de un cuerpo, de varios cuerpos en diversas posiciones, y te hace visitar una y otra vez la misma estancia, con tem(bl)or renovado, mientras incita a descubrir nuevos espectros y obliga a preguntarse, hasta a la muchacha más liberal y más irónica de La Habana: “¿y esa gente existe?”. (¿Qué pasaría si existieran? Sobrevendría algo muy parecido a un escalofrío, que le recorrería el espinazo y la paralizaría de miedo –si aún nos permitiéramos describir así.)
Pero no son fotografías lo que subyace al fondo, no hay collage ni bricolage; la única trampa es nuestro miedo. El pintor pone solo acrílico sobre el lienzo de turno, que recuesta contra un enorme caballete azul, al tiempo que casi nos oculta la pared de su cuarto de niño. Paredes desnudas, mujeres desnudas o a medio (des)vestir. Ni jugarretas ni artificios: el cuerpo se exhibe en su cinismo, en su torpeza, como es (y no es, cuando es “visto”); el acrílico y el lienzo, juntados, hacen dudar al ojo del poder del pincel: una veracidad contra la que una se defiende ideando espejismos.
No es de extrañar el espejeo. Desmentida ya su primera aureola, hincado el diente en la piel, estas Evas son, como hijas de la noche y del porno, hijas también de la luminiscencia impresionista y del alarido del expresionismo. En esa estela está la pincelada de Vladimir. No importa si entre sus pocos catálogos lo que atesora es la obra del irlandés Dave Mckean, o si en las cabecitas semirreclinadas está la pose de muchas mujeres de Gustave Klimt (esas felinas, apoltronadas en una posición demasiado circular para ser cómoda, con las frentecitas/ las sonrisitas combadas, arrolladas como una víbora maltrecha en una silla giratoria negra, muy confortable para tener ese color). Al margen de preferencias, asociaciones y fisgoneo, el trazo que engaña y dilata la pupila nos devuelve a aquellos movimientos que manipularon la luz o las siluetas para hallar otros modos de mirar o decir. No en vano el pintor –con un velar aquí e iridiscer– nos insta a adivinar, de una media luna: un rostro; o de una planta apoyada contra un cristal/ contra el aire, de una palma que detiene/ que objeta/ que ruega/ que rechaza, de una torsión de tobillo/ de muñeca/ de omóplato: la flora carnívora de los miembros crispados en la penumbra reblandecida del lecho, e incluso adivinamos algún trastabilleo de piernecitas coquetas… Ese rielar de palpos o tentáculos –agazapado en las galerías del sueño, prorrumpiendo en rascacielos de locura que se expanden como lava/ que se fragmentan como un humo– entreteje sin descanso los destinos: los laberintos agrietados del pie, el cerebro, la lengua, las entrañas, las manos.
¿Acaso Eva es Lilit: el súcubo que engendra del semen derramado de varón, la pelirroja del Mar Rojo, la paridora de demonios? Esa que agarra el hilo tironeando hacia sí, ¿está tejiendo las redes de la guerra, o anuncia la cabalgata de valquirias: cuervos montados sobre lobos, atravesando el campo de batalla con las cotas sangrientas? ¿Acaso son parcas, moiras, nornias las que sujetan los hilos de lana blanca y dorada? ¿Acaso bacantes, furias sedientas, galgos tras la sombra de la presa cansada, adormecida en los regazos del perfume? Nardo letal, femme fatale: túneles traspasando el ojo de la memoria –como se ensarta una aguja. Impregnando/ calando/ descarnando…
Del líquido amniótico al gorgoteo fétido… De los “Niños”, de Fidelio Ponce, a “La anunciación”, de Antonia Eiriz. Del feto aovillado a la momia con los brazos en cruz. Desde la fibra hasta la punta de encaje… Las crianderas-las hilanderas-las tejedoras-las costureras-las bordadoras-las embalsamadoras-las plañideras. Dobl(eg)adas o erguidas sobre el cuerpo, sosteniendo la cuerda, el estambre, la pita, el pañal, el señuelo… ¿Cosen o zurcen (el desastre)? ¿Tejen o destejen (el regreso, la espera)? ¿Deshilachan o bordan (el espanto)? ¿Son sus hilos o sus rasguños lo que atraviesa los cuadros? ¿Traen muerte o vida estas barajas? ¿Qué danza interpretan las piernas-lanzaderas, con su pedaleo/ su tijereteo/ su pataleo?
La tramoyista, de aspecto ensimismado, gesto y seño espectral, parece provenir de una linterna mágica que vomitara demasiadas imágenes por segundo, deyecciones demasiado veraces. Espanta la instantánea de lo inadivinable. Espanta… no poder penetrar en sus historias –con la piel de gallina. Mujeres-criptograma, de retahíla jamás inteligible: ¿en qué (no)lugar permanecen encerradas?, ¿por qué sostienen y muestran esos hilos?, ¿en qué piensan?, ¿qué van a hacer, qué estuvieron haciendo exactamente?, ¿para qué se preparan?, ¿de qué índole son su deseo/ su desdén/ su desafío?, ¿qué esperan con las piernas encogidas/ recogidas/ doblabas/ abrazadas? Puedes mirarlas pero no logras tocar. En su mazmorra quedan congeladas, como en una cápsula o burbuja, una membrana que no te deja fluir. Diferentes actitudes, en diferentes posiciones, hacia dentro. Pudieras canturrear al espiarlas porque nunca te ven. A no ser que te encaren. Algunas sí te miran, con los ojos y las piernas tan abiertos… Son preferibles cuando se quedan de espaldas. Esa mujer a-la-que-la-lana-le-atraviesa-la-frente, como una corona/ como un corte de hacha, tiene una mirada demasiado inquietante.
Él no conoce sus designios, pero capta sus ademanes, sus cuerpos torcidos en la mitad de un acto (de levantarse o sentarse sobre una banqueta/ sobre el suelo/ sobre un camastro de hierro de hospital, como quien va a ordeñar el aire: con los pies en jarras, con manos adelantadas de ciega y un rictus de paz irresistible). El pintor ve la indefensión de un cuerpo de cinco nucas que se sienta de espaldas, sostenido por un hilo, y ansía volverse a mirarte pero se resiste. Ve cuerpos desol(l)ados, de rostro inexpresivo, que en su defensa se duplican y giran para buscarte en los ojos… lo que provocan en ti. Ve el crepitar, los manantiales de plasma de un regazo. Ve un corpiño (r)ajado que parece un costillar. Y algo como un costillar que intimida en una esquina de la pared de otra estancia. Ve el rayo que recae sobre una pierna. El escorzo de la pierna cuando se echa a mover. Ve labios, hombros, un t/dorso amordazados. Una cabeza de cabello trenzado inamovible (tanto cuidado en el pelo para qué, frente al cuerpo inexplicablemente expuesto). Ve… avernos de cuatro piernas: arácnidas sentadas/ que ensayan/ la calidad de su tela/ con movimientos mecánicos/ un ritmo acompasado/ del que parece inútil escapar.
Lienzos como flashes. Repicares de palmas. Un tamborileo, un cascabeleo que deja pequeñas incisiones en la piel. La necesidad de una escritura como un látigo que permita entrever el latigazo de la pincelada, perseguir el chapaleteo de la noche, el (c/d)olor de la sangre que sonríe… (Para) una sayuela (que) es una radiografía, una escritura-escalpelo, una escritura endoscópica. Veo-veo… Una mujer con medias. Un rostro que se repite en un espejo. Un rojo demasiado subido de mujer. Mujeres provocando o contemplando el gozo. Un corpiño negro que dejaría fuera los senos. Muebles: un sofá, una mesa de cristal, una caja o baúl de platería, una butaca Luis XVI. Veo cuerpos sobre cuerpos superpuestos. Zapatillas, botines semiabiertos, hojas de parra negra. O una calza blanca de plumas, y de piel de conejo. Una mujer con cerquillito que deja ver una claraboya. Veo-veo… Una mujer que estiró la pata y yace en una posición de perros.
Me acerco, esperando escuchar el último jadeo. Ciertos movimientos intestinales. Oigo el inaudito/ el inaudible/ el imposible aullido –invertebrado. Nadie se queja pero hay un murmullo sordo, un enemigo rumor. Oigo un rastro de mujeres que caminan, con las sayas cayéndoseles, mientras empujan quién sabe qué hacia dónde. ¿Escuchas como anida en sus cabezas la obsesión de escapar oscuridad afuera, sangre afuera? (Si hubiera… un desfiladero, una salida de muerte natural.) La naturaleza aquí no es más colorida que la noche, ni menos sepulcral que la sangre ni menos reseca que la paja. No es más que un signo en el espacio cerrado; no de añoranza, sino de delicadeza, de ruptura… en los parajes terribles. A veces una campanilla roza la espalda descubierta. Una campanilla cortada, que parece una espiga. Tallos, gestos, hilos que no acaban en el lienzo. Fuera de(l) (h)uso. Alimentan la suave, la dilatada esperanza de burlar (el ovillo d)el destino. ¿A dónde llevan, qué hay tras la filigrana del después –si hay después de la cordura? Para las tramoyistas una cuerda no es una tocata de fuga, sino un brazo, un instrumento para abrir la algarabía. Bien sujetos al cielorraso, ¿qué hacen los hilos, sino asegurar que se descorran de nuevo las cortinas, para que prosiga el espectáculo?
Una vez escribí que Vladimir nos hacía traspasar límites inefables, infernales; y temí que extraviara los atajos por los que nos lleva al gozo, para sorprendernos erotizados ante lo grotesco/ ante el tedio/ ante el dolor… Creo que estas Evas nos regalan una nueva transgresión. Puestas a punto, han violado el lindero entre la representación y lo real, entre lo veraz y lo visible, entre el estatismo y lo móvil, entre la planicie del lienzo y lo carnal. Vladimir se ha aventurado a atrapar sus instantes, a encerrarlas en una sola estancia/ en un cuerpo/ en una cabeza volteada. Y no bastándole, nos ha ofrecido las fugacidades que adivina más allá del cielo protector; lo que obviamos por culpa de un ojo que no blasfema, que ya no se dilata ni se adelanta ni se crispa cuando vuelve a “ver”. Aprovechemos el hueco de esta aguja, la cerradura, la entrepierna, la grieta que nos abre en el teatro del mundo, en sus visiones. Vengan a ver, vengan a hacer, vengan a ser. Pasen, señores, pasen… Que comience de nuevo la visión. (Que no se diga que quien tuvo miedo, y se vendó los ojos con la mano, no atisbó jamás entre los dedos, con el párpado abierto.)

Casino Deportivo, 3 de febrero de 2011.
Jamila M. Ríos

VLADIMIR LEON SAGOLS

La Habana, 1975.

Graduado de La Academia Nacional de las Bellas Artes.  San Alejandro en la Especialidad de Grabado.

Exposiciones Personales
2013. Jardín. Casa Wilton. La Habana.
2011. Evas. Galerías del Tercer Piso de la Basílica Menor del Convento San Francisco de Asís. La Habana.
2009. Criaturas. Facultad de Artes y Letras de la Universidad de la Habana.
2008. Sublimes Criaturas. Galería Casa Oswaldo Guayasamín. La Habana.
2007. Criaturas. Galería Tina Modotti. La Habana
2005. Pax de Deux. Galería Servando Cabrera. La Habana
2002. Apariciones. Galería Luz y Oficios. La Habana.
2002. Apariciones II. Memorial Salvador Allende. La Habana

Exposiciones Colectivas
2010. Sueños Abiertos. Exposición colectiva. Buenavista Building. Miami Design District.
2010. Bomba. Centro de Arte Contemporáneo Wilfredo Lam. La Habana.
2009. Arte Contemporáneo Cubano.  Exposición itinerante. Secretaría de Economía de México. Mexico DF
2009. Concéntrate. Exposición colectiva 10ma Bienal de La Habana.
2008. White and Black Gallery. Arte Contemporáneo en la ciudad de Miami. Florida.
2000. Tarjeta Amarilla. Galería Hotel El Telégrafo. La Habana.
2000. Reencuentro. Proyecto 23 y 12. Cine Chaplin. La Habana.

Reseñas

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